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La comparación entre Israel y Argentina: cuando la estabilidad todavía no llega al bolsillo

<p>Por Rubén Kaplan Aclaro que no soy economista. Soy periodista. Y justamente desde esa perspectiva hay algo de la Argentina actual que me interesa observar: la distancia que todavía existe entre la macroeconomía y la economía cotidiana de millones de argentinos. Los grandes números muestran una realidad que hace poco tiempo parecía difícil de imaginar. La inflación dejó de ser el incendio permanente que durante años condicionó cada decisión. Pero para un jubilado que debe afrontar medicamentos y alimentos, para un trabajador cuyo salario sigue resultando insuficiente o para una familia que hace cuentas antes de llegar a fin de mes, la percepción puede ser muy diferente. La macroeconomía puede mejorar mientras la microeconomía todavía no termina de acompañarla. Y esa diferencia importa. Una sociedad no vive de las estadísticas, sino de sus ingresos, de lo que puede comprar y ahorrar y de su posibilidad de proyectar. Si una persona llega a fin de mes con dificultades, poco consuelo puede encontrar en un resultado fiscal favorable o en una variable financiera que desconoce. La pregunta que me interesa plantear es cuánto tiempo puede transcurrir entre una estabilización de las grandes variables y el momento en que esa mejora comienza a &hellip;</p>

Por Rubén Kaplan

Aclaro que no soy economista. Soy periodista. Y justamente desde esa perspectiva hay algo de la Argentina actual que me interesa observar: la distancia que todavía existe entre la macroeconomía y la economía cotidiana de millones de argentinos.

Los grandes números muestran una realidad que hace poco tiempo parecía difícil de imaginar. La inflación dejó de ser el incendio permanente que durante años condicionó cada decisión. Pero para un jubilado que debe afrontar medicamentos y alimentos, para un trabajador cuyo salario sigue resultando insuficiente o para una familia que hace cuentas antes de llegar a fin de mes, la percepción puede ser muy diferente.

La macroeconomía puede mejorar mientras la microeconomía todavía no termina de acompañarla.

Y esa diferencia importa.

Una sociedad no vive de las estadísticas, sino de sus ingresos, de lo que puede comprar y ahorrar y de su posibilidad de proyectar. Si una persona llega a fin de mes con dificultades, poco consuelo puede encontrar en un resultado fiscal favorable o en una variable financiera que desconoce.

La pregunta que me interesa plantear es cuánto tiempo puede transcurrir entre una estabilización de las grandes variables y el momento en que esa mejora comienza a sentirse efectivamente en los hogares.

La historia de Israel ofrece un antecedente particularmente interesante.

En 1984, la inflación israelí alcanzó el 445% anual. Los precios se multiplicaron cinco veces y media, en promedio, en apenas un año. El país atravesaba una crisis económica extraordinaria.

En julio de 1985 se puso en marcha un programa de estabilización. Hubo congelamiento del tipo de cambio, precios y salarios, reducción del gasto público y de los subsidios. Pero hubo además una decisión que tendría una importancia institucional mucho mayor: el Banco de Israel quedó impedido de otorgar crédito al Gobierno para financiar sus gastos.

La llamada “ley de no emisión” significó que el Estado ya no podía recurrir al Banco Central para cubrir sus necesidades financieras mediante la creación de dinero. Según el propio Banco de Israel, esa medida impuso una fuerte disciplina presupuestaria y agregó un elemento fundamental a la independencia de la autoridad monetaria. El programa logró sacar al país de la crisis y reducir drásticamente la inflación.

La transformación, sin embargo, no fue inmediata. La inflación todavía alcanzó el 185% en 1985, antes de descender al 20% en 1986 y al 16% en 1987. La estabilización fue el comienzo de un proceso que necesitó continuidad.

Argentina llegó a una situación diferente, aunque con una cifra igualmente extraordinaria.

En 2023, el último año antes de la llegada de Javier Milei a la Presidencia, la inflación anual alcanzó el 211,4%. Solo en diciembre, los precios aumentaron 25,5%.

Es importante recordar esos números, no para convertirlos nuevamente en el centro de la discusión, sino para comprender la dimensión del punto de partida.

Hoy el escenario es muy diferente. El INDEC registró una inflación mensual del 1,7% en agosto de 2026.

Pero aquí aparece la paradoja que más me interesa.

La inflación dejó de ser para muchos argentinos el problema que era hace dos o tres años, pero eso no significa que las dificultades económicas hayan desaparecido.

Después de semejante proceso inflacionario, que los precios aumenten mucho más lentamente no significa que hayan regresado al nivel anterior. El nuevo escalón de precios permanece y recuperar capacidad de compra lleva tiempo.

Por eso puede ocurrir algo aparentemente contradictorio: los indicadores macroeconómicos mejoran y, simultáneamente, un jubilado sigue haciendo cuentas para comprar sus medicamentos; un trabajador considera que su sueldo no alcanza; una familia posterga gastos porque el ingreso mensual no le permite cubrir todo lo que necesita.

Los grandes números pueden mejorar antes que la sensación de bienestar de quienes viven de sus ingresos.

No es casual que Luis Caputo haya puesto el foco en esa cuestión. El martes 29 de septiembre, durante el CFO Summit organizado por El Cronista, el ministro de Economía recordó la magnitud de la situación de la que partió el Gobierno. Según las cifras que presentó, la inflación había llegado al 211%, las jubilaciones habían perdido 37% y la pobreza había alcanzado el 57%.

Caputo también sostuvo: “Si quieren hacer creer que la gente va a querer volver al pasado, permítanme disentir”. Y, en un tono mucho más político, definió al kirchnerismo como “el infierno” y a Axel Kicillof como “el anticristo”.

La frase del ministro expresa su interpretación política del escenario. Pero, más allá de ella, plantea una cuestión que merece ser observada: ¿qué sucede cuando una sociedad deja atrás una inflación devastadora, pero todavía no percibe suficientemente en sus ingresos los beneficios de la estabilización?

Ahí aparece un desafío que excede a la economía.

Cuando la recuperación tarda en sentirse en la vida cotidiana, aumenta la impaciencia. Y los discursos que ofrecen otras respuestas a las dificultades pueden volver a encontrar receptividad.

No hace falta desconocer los avances de la macroeconomía para reconocer esa realidad. Ambas cosas pueden coexistir: una economía puede haber conseguido una estabilización importante y, al mismo tiempo, mantener jubilaciones insuficientes, salarios que no alcanzan y sectores sociales que todavía no perciben una recuperación suficiente.

Israel también atravesó ese período entre la emergencia y la consolidación. El programa de 1985 fue decisivo, pero no convirtió de inmediato al país en la economía que conocemos hoy. La inflación continuó siendo elevada durante un tiempo y hubo que sostener las reglas y profundizar las transformaciones.

La comparación no significa que Israel y Argentina sean iguales. Sus circunstancias históricas, estructuras económicas y sistemas políticos son diferentes. Pero existe una enseñanza que sí puede resultar útil: la estabilidad requiere continuidad y no produce todos sus frutos de manera inmediata.

La experiencia israelí también muestra que las reglas monetarias necesitan respaldo institucional. En 2010, la Knéset, el Parlamento israelí, aprobó una nueva Ley del Banco de Israel que estableció la estabilidad de precios como su objetivo principal y consolidó su autonomía para elegir las herramientas necesarias para alcanzarlo.

La Argentina está discutiendo ahora una cuestión de naturaleza semejante. El Gobierno de Milei envió al Congreso un proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que establece como misión primaria preservar el valor de la moneda y propone prohibir el financiamiento del Tesoro mediante Adelantos Transitorios, además de modificar otros aspectos del funcionamiento institucional del BCRA. La iniciativa continúa en tratamiento legislativo.

No se trata todavía de una ley, pero sí de una definición que forma parte de la discusión sobre cómo evitar que los desequilibrios fiscales terminen nuevamente trasladándose a la emisión monetaria.

Y ahí volvemos al punto de partida.

La estabilidad no puede quedar confinada a una planilla del Ministerio de Economía. Tiene que llegar al supermercado, a la farmacia, al alquiler y a la mesa familiar.

Israel partió de una inflación del 445% y necesitó años para consolidar un nuevo escenario económico.

La Argentina partió del 211,4% de 2023 y atraviesa ahora una etapa completamente diferente. El desafío consiste en transformar esa mejora de la macroeconomía en una recuperación que pueda ser percibida por los jubilados, los trabajadores y las familias.

Y para eso hará falta algo que a los argentinos muchas veces nos ha costado: paciencia.

No una espera resignada frente a las dificultades ni una excusa para postergar indefinidamente las soluciones. Una actitud activa, capaz de comprender que reconstruir una economía después de tantos años de desequilibrios requiere tiempo, continuidad y perseverancia.

Extremar la paciencia tampoco significa ignorar las dificultades de quienes todavía no llegan a fin de mes. Es reconocerlas sin perder de vista el objetivo de largo plazo.

El país que anhelamos no se construye de un día para otro. Se edifica cuando una sociedad consigue sostener aquello que funciona, corregir aquello que debe serlo y evitar que la impaciencia la lleve nuevamente hacia caminos que ya recorrió.

Quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que la experiencia israelí puede ofrecer hoy a la Argentina.

La estabilidad necesita instituciones, continuidad y tiempo. Pero también requiere que una sociedad tenga el aguante necesario para permitir que sus frutos lleguen finalmente a la vida cotidiana.

Porque el verdadero objetivo no es simplemente tener una macroeconomía ordenada.

Es construir, después de tantas frustraciones, el país que soñamos.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor